domingo, 5 de julio de 2015

EL LIBRO DE LAS COSAS PERDIDAS

Acabo de terminar de leer The book of lost things de John Connolly, editado en castellano por la editorial Oniro.




Si llevara un club de lectura es un libro que propondría sin lugar a dudas porque creo que es muy interesante para debatir sobre él, trata muchos temas y es un muy redondo en cuanto a su estructura. En cuanto a ritmo lo he encontrado un poco desigual, ha habido momentos muy trepidantes y otros en los que lo he encontrado un tanto reiterativo, pero se lo perdono por la cantidad de aciertos que tiene.

En primer lugar es un libro que trata de las historias y de la necesidad que tienen de ser contadas. También podríamos decir de la necesidad que nosotros, los seres humanos tenemos de ellas y de que nos las cuenten y de contárnoslas, una y otra vez. De cómo nos las cuenten y de cómo nos las contamos en la infancia y a lo largo de nuestra vida depende nuestro mundo y nuestra felicidad. 

Eso es lo que le dice la madre de David, el protagonista del libro, cuando le lee, y eso es lo que él cree y lo que resulta esencial para su viaje de transformación de la niñez a la madurez. 


Stories were different, though: they came alive in the telling. Without a human voice to read them aloud, or a pair of wide eyes following them by torch light beneath a blanket, they had no real existence in our world. They were like seeds in the beak of a bird, waiting to fall to earth, or the notes of a song laid out on a sheet, yearning for an instrument to bring their music into being. They lay dormant, hoping for the chance to emerge. Once someone started to read them, they could begin to change. They could take root in the imagination and transform the reader. Stories wanted to be read, David's mother would whisper. They needed it. It was the reason they forced themselves from their world into ours. They wanted us to give them life. 
(Pag. 3 The Book of lost things)
Los cuentos, sin embargo, eran diferentes: cobraban vida al contarlos. Sin una voz humana para leerlos en voz alta, o un par de ojos bien abiertos que los recorrieran bajo una manta, a la luz de la linterna, no tenían existencia en nuestro mundo. Eran como semillas en el pico de un pájaro, esperando a caer sobre la tierra, o notas de una canción escritas en una partitura, ansiando el instrumento que diera ser a su música. Yacían aletargados, a la espera de la oportunidad de emerger. Una vez alguien empezaba a leerlos, podían empezar a cambiar. Podían arraigar en la imaginación y transformar al lector. Los cuentos querían ser leídos, susurraba la madre de David. Lo necesitaban. Por ese motivo se introducían a toda costa en nuestro mundo desde el suyo. Querían que les diéramos vida. 
(Traducción José Manuel de Prada-Samper) 



El David niño piensa que el destino de su madre, que está muy enferma, puede estar ligado a una serie de acciones que el se ve obligado a realizar cada día: como levantarse siempre con el pie izquierdo o contar hasta veinte cada vez que se lava los dientes... cosas de este estilo que le hacen pensar que tiene una especie de control sobre el mundo y sobre lo que pasa en él. Por qué, ¿cómo puede aceptar nadie la pérdida de un ser querido? ¿Es eso lógico y razonable? 

No, no lo es, claro que no lo es, porque nuestro mundo no es lógico ni razonable. Pero aceptar eso, igual que aceptar el duelo y la pérdida es mucho más duro cuando faltan años de experiencia que te curtan un poco. ¿Ayudan o pueden ayudar los cuentos en ese proceso? 

Los relatos tradicionales han estado entre nosotros no sólo con la función de entretener sino también de aportarnos conocimiento y experiencia; nos abren los ojos a otras realidades y formas de percibir las cosas y por eso son esenciales en nuestro crecimiento.

John Connolly se permite un juego transgresor con algunos relatos tradicionales como la Bella Durmiente, Blancanieves y los siete enanitos o la Bella y la Bestia. Algunos de ellos son divertidos, otros, la mayoría, es donde habitan nuestros miedos más arraigados y donde damos vida a nuestras más profundas pesadillas. Leer el relato es leer al protagonista y descubrir quién es.
Una invitación no carente de sorpresas, sangre y riesgo, como toda aventura que se precie. 



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